Prólogo a la cuarta edición italiana de "La sociedad del espectáculo"

Publié le par la Rédaction


De este libro, publicado en París a fines de 1967, han aparecido ya traducciones en una decena de países. La más de las veces, se produjeron varias en una misma lengua, por editores que competían; y casi siempre fueron malas. Las primeras traducciones fueron infieles e incorrectas en todas partes, con la excepción de Portugal y quizás de Dinamarca. Las traducciones publicadas en neerlandés y en alemán son buenas a partir del segundo intento, aunque el editor alemán en cuestión descuidó en la impresión la corrección de una multitud de erratas. En inglés y en español habrá que esperar el tercer intento para saber qué he escrito. No se ha visto, sin embargo, nada peor que en Italia, donde el editor De Donato publicó, desde 1968, la más monstruosa de todas, que no fue mejorada más que parcialmente por las dos traducciones rivales que siguieron. Por lo demás, en aquel momento Paolo Salvadori fue a ver en sus despachos a los responsables de aquel desafuero, los golpeó y les escupió literalmente a la cara: pues tal es naturalmente, la manera de actuar de los buenos traductores cuando encuentran a los malos. Esto es lo mismo que decir que la cuarta traducción italiana, hecha por Salvadori, es por fin excelente.

Esta incompetencia extrema de tantas traducciones que, excepto las cuatro o cinco mejores, no me fueron presentadas, no quiere decir que este libro sea más difícil de entender que cualquier otro que jamás haya merecido realmente ser escrito. Ese tratamiento tampoco está reservado en particular a las obras subversivas, acaso porque en este caso los falsificadores por lo menos no hayan de temer que el autor los demande ante los tribunales, o porque las inepcias añadidas al texto puedan favorecer las veleidades refutatorias de los ideólogos burgueses o burocráticos. No se puede menos que constatar que la gran mayoría de las traducciones publicadas durante los últimos años, en cualquier país que sea, e incluso tratándose de clásicos, están pergeñadas de la misma forma. El trabajo intelectual asalariado tiende normalmente a seguir la ley de la producción industrial de la decadencia, conforme a la cual la ganancia del empresario depende de la rapidez de ejecución y de la mala calidad del material utilizado. Desde que esa producción tan resueltamente liberada de cualquier traza de miramientos para con el gusto del público ostenta en todo el espacio del mercado gracias a la concentración financiera y, por consiguiente, a un equipamiento tecnológico cada vez mejor, el monopolio de la presencia no cualitativa de la oferta, ha podido especular cada vez más descaradamente con la sumisión forzada de la demanda y con la pérdida del gusto, que es momentáneamente su consecuencia entre la masa de la clientela. Trátese de la vivienda, de la carne de vaca de criadero o de los frutos del espíritu ignorante de un traductor, la consideración que se impone soberanamente es que a partir de ahora se puede obtener muy rápidamente y a menor coste lo que antes requería un tiempo bastante largo de trabajo cualificado. Por lo demás es cierto que los traductores tiene poco motivo para esforzarse por comprender el sentido de un libro y, sobre todo, por aprender antes la lengua en cuestión, cuando casi todos los autores actuales han escrito con tan manifiestas prisas unos libros que habrán pasado de moda dentro de tan breve tiempo. ¿Para qué traducir bien lo que era inútil escribir y que nadie va a leer? Por este lado de su peculiar armonía el sistema espectacular es perfecto; se desmorona por todos lados.

Esta práctica corriente de la mayoría de los editores resulta, sin embargo, inadecuada en el caso de La sociedad del espectáculo, que interesa a un público enteramente distinto y para otro uso. De una manera más nítidamente delimitada que antes, existen distintas clases de libros. Muchos hay que ni siquiera se los abre; y pocos que se copian en los muros. Estos últimos extraen su popularidad y su poder de convicción precisamente del hecho de que las despreciadas instancias del espectáculo no hablan de ellos o sólo dicen de pasada alguna banalidad. Los individuos que habrán de jugarse la vida partiendo de cierta descripción de las fuerzas históricas y de su empleo están, por supuesto, ansiosos de examinar por sí mismos los documentos en unas traducciones rigurosamente exactas. No cabe duda de que en las presentes condiciones de producción supermultiplicada y de distribución superconcentrada de libros, la casi totalidad de los títulos no conoce el éxito o, con más frecuencia, el fracaso sino durante unas pocas semanas que siguen a su publicación. El grueso de la actual industria editorial funda sobre eso su política de la arbitrariedad precipitada y del hecho consumado, que bien les conviene a los libros de los que no se hablará más que una vez y no importa cómo. Este privilegio no existe aquí, y es del todo inútil traducir mi libro deprisa y corriendo, puesto que la tarea será siempre recomenzada por otros y las malas traducciones se verán sustituidas sin cesar por otras mejores.

Un periodista francés que redactó recientemente un grueso volumen, anunciado como apto para renovar todo el debate de las ideas, explicó pocos meses después su fracaso por el hecho de que, más que ideas, le habían faltado lectores. Declaró, por tanto, que estamos en una sociedad donde no se lee, y que si Marx publicase ahora El Capital, iría una tarde a explicar sus intenciones en algún programa literario de la televisión, y al día siguiente no se hablaría más del asunto. Ese divertido error delata muy a las claras el ambiente en que se originó. Evidentemente, si alguien publica en nuestros días un verdadero libro de crítica social, se abstendrá seguramente de ir a la televisión o a otros coloquios de esa clase, de manera que se hablará de él todavía diez o veinte años después.

A decir verdad, creo que no hay nadie en el mundo que sea capaz de interesarse por mi libro, salvo aquellos que son enemigos del orden existente y que actúan efectivamente a partir de esta situación. La certeza que tengo al respecto, bien fundada en teoría, se ve confirmada por la observación empírica de las pocas alusiones y críticas indigentes que ha suscitado entre quienes ostentan — o se están esforzando por adquirir — la autoridad de hablar en público dentro del espectáculo, delante de otros que callan. Estos diversos especialistas de apariencias de discusiones que se llaman todavía, aunque abusivamente, culturales o políticas, han adaptado necesariamente su lógica y su cultura a las del sistema que los puede emplear, y no solamente porque han sido seleccionados por él, sino ante todo porque jamás han sido instruidos por ninguna otra cosa. Entre quienes han citado el libro atribuyéndose alguna importancia, no he visto hasta ahora ni uno solo que se haya atrevido a decir, siquiera sumariamente, de qué hablaba: en realidad, para ellos no se trataba sino de dar la impresión de que lo ignoraban. Al mismo tiempo, todos los que le han encontrado un defecto parecen no haberle encontrado otros, puesto que no han dicho de él nada más. Pero cada vez el defecto preciso parecía suficiente para dejar satisfecho a su descubridor. Uno había visto que el libro no abordaba el problema del Estado; otro había visto que el libro no tenía en cuenta la existencia de la historia; otro lo rechazó como un elogio irracional e incomunicable de la pura destrucción; otro lo condenó por ser la guía secreta de la conducta de todos los gobiernos que se habían constituido desde su aparición. Otros cincuenta llegaron inmediatamente a otras tantas conclusiones singulares, dentro del mismo sueño de la razón. Y lo escribieran en periódicos, en libros o en panfletos compuestos ad hoc, todos empleaban, a falta de algo mejor, el mismo tono de impotencia caprichosa. Por el contrario, este libro ha encontrado de momento sus mejores lectores, que yo sepa, en las fábricas de Italia. Los obreros de Italia, que hoy en día pueden servir de ejemplo a sus compañeros de todos los países por su absentismo, sus huelgas salvajes que no se dejan aplacar por ninguna concesión particular, su lúcido rechazo del trabajo, su desprecio de la ley y de todos los partidos estatalistas, conocen el tema por la práctica lo bastante bien como para haber podido sacar provecho de las tesis de La sociedad del espectáculo, aunque no hayan leído más que traducciones mediocres.

Las más de las veces, los comentaristas han aparentado no comprender a qué uso se podía destinar un libro que resulta imposible de clasificar en ninguna de las categorías de producciones intelectuales que la sociedad todavía dominante se digna tener en cuenta, y que no está escrito desde el punto de vista de ninguno de los oficios especializados que ella alienta. Las intenciones del autor parecieron, por tanto, oscuras. Pero no tienen nada de misterioso. Clausewitz observó, en La campaña de Francia de 1815: “En toda crítica estratégica, lo esencial es colocarse en el punto de vista exacto de los actores; es cierto que eso es a menudo muy difícil. La gran mayoría de las críticas estratégicas desaparecerían por completo o quedarían reducidas a ínfimas diferencias de comprensión si los autores quisieran o pudieran situarse mentalmente en todas las circunstancias en las que se hallaban los actores.”

En 1967 quise que la Internacional Situacionista tuviera un libro de teoría. La I.S. era en aquel momento el grupo extremista que más había contribuido al resurgimiento de la contestación revolucionaria en la sociedad moderna; y era fácil ver que ese grupo que había alcanzado ya su victoria en el terreno de la crítica teórica y la había perseguido hábilmente en el de la agitación práctica, se estaba aproximando por entonces al punto culminante de su acción histórica. Se trataba, pues, de que semejante libro estuviera presente en los tumultos que pronto sobrevendrían y que habrían de transmitirlo luego a la vasta continuación subversiva que no podrían menos de inaugurar.

Se conoce la fuerte inclinación que tienen los hombres a repetir inútilmente fragmentos simplificados de teorías revolucionarias antiguas, cuyo desgaste se les oculta por el simple hecho de que no intentan aplicarlas a ninguna lucha efectiva por transformar las condiciones en las que verdaderamente se encuentran; de manera que tampoco comprenden mucho mejor cómo esas teorías se podían emplear, con distinta fortuna, en los conflictos de otros tiempos. A pesar de eso, para quien examine fríamente la cuestión no puede caber ninguna duda de que quienes quieran realmente revulsionar una sociedad establecida deben formular una teoría que explique fundamentalmente esa sociedad, o que por lo menos tenga visos de darle una explicación satisfactoria. Una vez esa teoría se haya divulgado un poco, con tal que eso suceda en los enfrentamientos que turban el descanso público, e incluso antes de que haya sido exactamente comprendida, el descontento latente en todas partes se verá agravado y exasperado por la mera noticia vaga de la existencia de una condenación teórica del orden de las cosas. Y luego, cuando se empiece a librar con cólera la guerra de la libertad, todos los proletarios pueden convertirse en estrategas.

Una teoría general calculada a este fin sin duda debe evitar, ante todo, que aparezca una teoría visiblemente falsa; no debe exponerse, por tanto, al riesgo de quedar refutada por los acontecimientos. Pero también es preciso que sea una teoría enteramente inaceptable. Es preciso que pueda declarar que el centro mismo del mundo existente es malo, ante la estupefacción indignada de cuantos lo consideran bueno; debe haber descubierto su naturaleza exacta. La teoría del espectáculo satisface esos dos requisitos.

El primer mérito de una teoría crítica exacta es que enseguida hace que todas las demás parezcan ridículas. Así en 1968, entre las otras corrientes que, en el movimiento de negación por el cual se inició el declive de las formas de dominación de estos tiempos, vinieron a defender su propio atraso y sus cortas ambiciones, ninguna disponía de un libro de teoría moderna, ni reconocía tan siquiera algo de moderno en el poder de clase que se trataba de derribar; los situacionistas, en cambio fueron capaces de proponer la única teoría de la temible revuelta de mayo, la única que daba cuenta de los nuevos agravios clamorosos que nadie había nombrado. ¿Quien llora el consenso? Nosotros lo hemos matado. Cosa fatta capo ha.

Quince años antes, en 1952, cuatro o cinco personas poco recomendables de París habían decidido buscar la superación del arte. Resultó que, por una feliz consecuencia de una marcha audaz por este camino, las viejas líneas de defensa, que habían quebrantado las precedentes ofensivas de la revolución social se hallaban desbordadas y rodeadas. Ahí se descubrió la ocasión de lanzar otra ofensiva. Esa superación del arte es el “pasaje al noroeste” de la geografía de la verdadera vida, que tan a menudo se había buscado durante más de un siglo, sobre todo a partir de la poesía moderna que se autodestruía. Los intentos anteriores, en los que tantos exploradores se perdieron, jamás habían desembocado directamente en semejante perspectiva; probablemente porque todavía les quedaba algo que devastar en la vieja provincia del arte, y sobre todo porque la bandera de las revoluciones parecía antes enarbolada por otras manos más expertas. Pero esa causa jamás había sufrido una derrota tan completa ni había dejado el campo de batalla tan desierto como en el momento en que nosotros vinimos a ocupar nuestro puesto en ese campo. Creo que recordar aquellas circunstancias es la mejor aclaración que se puede aportar a las ideas y al estilo de La sociedad del espectáculo. Y, en cuanto a esta cosa, si uno tiene a bien leerla, verá que los quince años que dediqué a meditar la ruina del Estado no los pasé durmiendo ni jugando.

No hay que cambiar ni una palabra en este libro, en el cual nada se ha corregido, excepto tres o cuatro errores tipográficos, a lo largo de una docena de reimpresiones que vio en Francia. Me enorgullezco de ser un ejemplo, muy raro hoy en día, de alguien que ha escrito sin quedar desmentido enseguida por los acontecimientos; y no digo desmentido cien veces o mil veces, como los demás, sino ni una sola vez. No dudo de que la confirmación que están encontrando todas mis tesis ha de continuar hasta el final del siglo y aún más allá. La razón es sencilla: he comprendido los factores constitutivos del espectáculo “en el fluir de su movimiento, y por tanto sin perder de vista su lado perecedero”, es decir, encarando el conjunto del movimiento histórico que pudo edificar este orden y que ahora está comenzando a disolverlo. A tal escala, los once años transcurridos desde 1967, cuyos conflictos he conocido desde bastante cerca, no han sido más que un momento de la continuación necesaria de lo que estaba escrito; aunque dentro del espectáculo mismo se llenaran con la aparición y el relevo de seis o siete generaciones de pensadores, a cual más definitivo. Durante este tiempo, el espectáculo no ha hecho otra cosa que ajustarse más exactamente a su concepto, y el movimiento real de su negación no ha hecho más que ir creciendo en extensión y en intensidad.

Incumbió, en efecto, a la sociedad espectacular misma añadir algo que a este libro, según creo, no le hacía ninguna falta: unas pruebas y unos ejemplos más contundentes y más convincentes. Hemos visto que la falsificación se ha espesado y ha descendido hasta la fabricación de las cosas más triviales, como una bruma pegajosa que se acumula a nivel del suelo de toda la existencia cotidiana. Hemos visto que el control técnico y policial de los hombres y de las fuerzas naturales aspira a lo absoluto, hasta la locura “telemática”; un control cuyos errores van creciendo con la misma rapidez que sus medios. Hemos visto la mentira estatal desarrollándose en sí y para sí, habiendo olvidado su conflictivo vínculo con la verdad y la verosimilitud hasta tal punto que puede olvidarse a sí misma y sustituirse de hora en hora, Italia ha tenido recientemente la ocasión de contemplar esta técnica, en el caso del secuestro y asesinato de Aldo Moro, en el punto más alto que jamás había alcanzado, pero que será superado pronto, aquí o en otra parte. La versión de las autoridades italianas, agravada más que enmendada por cien retoques sucesivos, y que todos los comentaristas se creyeron obligados a aceptar públicamente, no ha sido creíble ni un solo instante. Su intención no era ser creída sino ser la única en el escaparate, para luego ser olvidada, exactamente igual que un libro malo.

Aquello fue una ópera mitológica con mucha tramoya, en la que unos héroes terroristas se transforman en zorros que cazan a su presa con trampas, en leones que no temen nada ni a nadie mientras la tengan en su poder, y en borregos que no sacan de ese golpe absolutamente nada que perjudique al régimen que supuestamente están desafiando. Se nos dice que tienen la suerte de habérselas con la policía más inepta del mundo, y que además han logrado infiltrarse sin dificultad hasta sus más altas esferas. Es una explicación poco dialéctica. Una organización sediciosa que pusiera a algunos de sus miembros en contacto con los servicios de seguridad del Estado — a menos que los hubiera introducido ya muchos años antes para que cumplieran lealmente su tarea hasta que llegara la gran ocasión de servirse de ellos —, debería contar con que sus manipuladores fueran a su vez manipulados de vez en cuando, y carecería, por tanto, se esa olímpica certeza de impunidad que caracteriza al jefe del estado mayor de la “brigada roja”. Pero el Estado italiano lo explica mejor, con la aprobación unánime de quienes lo defienden. Pensaba, como cualquier otro, infiltrar a unos agentes de sus servicios especiales en las redes terroristas clandestinas, donde enseguida les resulta muy fácil asegurarse una rápida carrera que los lleva hasta la dirección, ante todo haciendo caer a sus superiores, como hicieron, por cuenta de la Ojrana zarista, Malinovski, quien engañó incluso al astuto Lenin, o Azev, quien una vez situado a la cabeza de la “organización de combate” del partido socialista revolucionario llevó la maestría hasta el punto de hacer asesinar él mismo al primer ministro Stolypin. Una sola coincidencia desafortunada vino a entorpecer la buena voluntad del Estado: sus servicios especiales acababan de ser disueltos. Hasta ahora ningún servicio se ha disuelto como se disuelve, por ejemplo, la carga de un buque petrolero gigante en las aguas costeras o una parte de la producción industrial moderna en Seveso. Aquel servicio cambió simplemente de nombre, conservando sus archivos, sus soplones y sus enlaces. El caso es que en Italia el Servicio de Información Militar (SIM) del régimen fascista, famoso por los actos de sabotaje y los asesinatos que perpetró en el extranjero, bajo el régimen cristianodemócrata se había convertido en Servicio de Información de Defensa (SID). Por lo demás, cuando se programó por ordenador una especie de doctrina-robot de la “brigada roja”, lúgubre caricatura de lo que supuestamente uno piensa y hace si preconiza la desaparición de este Estado, un lapso del ordenador — pues hasta tal punto es verdad que esas máquinas dependen del inconsciente de quienes las programan — hizo que al único pseudoconcepto que la “brigada roja” viene repitiendo mecánicamente se le atribuyeran aquellas mismas siglas del SIM, que esta vez querían decir “Sociedad Internacional de las Multinacionales”. Ese SID, “bañado de sangre italiana”, tuvo que ser disuelto recientemente porque, como el estado reconoce post festum, era este organismo el que desde 1969 había perpetrado directamente, la más larga serie de matanzas que se atribuían, según las estaciones del año, a los anarquistas, a los neofascistas o a los situacionistas. Ahora que la “brigada roja” está haciendo exactamente el mismo trabajo, y por una vez al menos con una eficacia operativa muy superior, evidentemente no la puede combatir porque está disuelta. En un servicio secreto que merezca ese nombre también la disolución es secreta. Así que no se puede distinguir qué proporción de sus efectivos ha sido destinada a un honorable retiro, qué otra ha sido asignada a la “brigada roja”, o tal vez prestada al sha de Irán para incendiar un cine de Abadán, y qué otra ha sido discretamente exterminada por un Estado probablemente indignado al saber que a veces se había ido más lejos de lo que estaba mandado, y del que se sabe que jamás vacilará en matar a los hijos de Bruto para hacer respetar sus leyes, desde que su negativa intransigente a considerar ni la menos concesión para salvar a Moro ha dado en fin la prueba de que poseía todas las firmes virtudes de la Roma republicana.

Giorgio Bocca, que pasa por ser el mejor analista de la prensa italiana y que en 1975 fue el primero en dejarse engañar por el Informe verídico de Censor, arrastrando enseguida el mismo error a la nación entera, o cuando menos a aquel estrato cualificado que escribe en los periódicos, no se dejó desalentar del oficio por esa desventurada demostración de su estolidez. Tal vez sea para su bien que ésta haya quedado comprobada entonces por tan científico experimento, pues de lo contrario se podría estar enteramente seguro de que fue por venalidad o por miedo por lo que escribió, en mayo de 1978, su libro Moro, una tragedia italiana, en el cual se apresura a tragarse todas las mistificaciones que se habían puesto en circulación, sin perderse ni una, para volver a vomitarlas acto seguido y declararlas excelentes. Un sólo instante se permite mencionar el meollo de la cuestión, aunque naturalmente volviéndolo del revés, cuando escribe lo siguiente: “Hoy en día las cosas han cambiado; respaldadas por el terror rojo, las franjas obreras extremistas pueden oponerse o tratar de oponerse a la política sindical. Quien haya asistido a una asamblea obrera de una fábrica como la de Alfa Romeo de Arese habrá visto que el grupo de los extremistas, que no cuenta más de un centenar de individuos, es sin embargo capaz se colocarse en primera fila y gritar acusaciones e insultos que el partido comunista tiene que soportar.” Que los obreros revolucionarios insulten a los estalinistas y obtengan el apoyo de casi todos sus compañeros, eso es lo más normal que hay en el mundo, puesto que quieren hacer una revolución. ¿Acaso no saben ellos, instruidos por una larga experiencia, que la condición previa es expulsar de las asambleas a los estalinistas? Por no haberlo podido hacer fracasó la revolución en Francia en 1968 y en Portugal en 1975. Lo insensato y odioso es pretender que esas “franjas obreras extremistas” puedan alcanzar ese estadio necesario porque estuvieran “respaldadas” por los terroristas. Todo lo contrario es cierto: un gran número de obreros italianos ha escapado del encuadramiento de la policía sindical-estalinista, y éste es el motivo por el cual se ha puesto en marcha a la “brigada roja”, cuyo terrorismo ilógico y ciego no puede ser más que un estorbo para ellos; los mass media aprovechan la ocasión para reconocer en ésta, sin la menor duda, a su destacamento de avanzada y a sus inquietantes dirigentes. Bocca insinúa que los estalinistas se ven forzados a soportar los insultos, que tanto han hecho por merecer desde hace sesenta años en todas partes, porque están físicamente amenazados por los terroristas que la autonomía obrera tiene supuestamente en reserva. Eso no es más que una boccazada particularmente cochina, porque todo el mundo sabe que hasta aquel momento, y aun mucho después, la “brigada roja” se había abstenido cuidadosamente de atacar personalmente a los estalinistas. No elige el azar de sus periodos de actividad, ni escoge a las víctimas a su antojo, por mucho que se esfuerce por dar esa impresión. En semejante clima, se observa inevitablemente el crecimiento de una franja periférica de un terrorismo sincero y de bajo nivel, más o menos vigilado y tolerado por el momento como un vivero en el cual se puede siempre pescar por encargo a algunos culpables para servirlos en bandeja; pero la “fuerza de choque” de las intervenciones centrales no puede menos de estar compuesta por profesionales, y cada detalle de su estilo lo confirma.

El capitalismo italiano, y su personal gubernamental con él, se halla dividido ante la cuestión del empleo de los estalinistas; cuestión efectivamente vital y eminentemente incierta. Ciertos sectores modernos del gran capital privado están o han estado resueltamente a favor; otros, apoyados por muchos administradores del capital de las empresas semiestatales, se muestran más bien hostiles. El personal dirigente del Estado goza de una amplia autonomía de maniobra, ya que las decisiones del capitán priman sobre las del armador cuando el barco se está hundiendo; pero ellos mismos están divididos. El porvenir de cada clan depende de la manera como sabrá imponer sus razones, demostrándolas en la práctica. Moro creía en el “compromiso histórico”, es decir, en la capacidad de los estalinistas de quebrantar finalmente el movimiento de los obreros revolucionarios. Otra tendencia, la que por el momento está en condiciones de mandar en quienes controlan a la “brigada roja”, no compartía esa creencia, o por lo menos consideraba que a los estalinistas, por los escasos servicios que puedan prestar y que prestarán de todas formas, no hay que tratarlos con demasiados miramientos sino apalearlos más rudamente para que no se pongan demasiado insolentes. Por lo visto, este análisis no carecería de valor, pues cuando se secuestró a Aldo Moro, a manera de afrenta inaugural al “compromiso histórico” por fin autentificado por un acto parlamentario, el partido estalinista continuó aparentando que creía en la independencia de la “brigada roja”. Se dejó con vida al prisionero por cuanto tiempo se creyó poder prolongar la humillación y el embarazo de los amigos, que tuvieron que soportar el chantaje fingiendo noblemente que no comprendían qué esperaban de ellos unos bárbaros desconocidos. Asimismo se acabó con él inmediatamente en cuanto los estalinistas enseñaron los dientes aludiendo públicamente a ciertas maniobras oscuras; y Moro murió desengañado. En efecto, la “brigada roja” tiene otra función distinta y de un interés más general, que es la de desconcertar o desacreditar a los obreros que realmente se oponen al Estado, y tal vez la de eliminar un día a algunos de los más peligrosos. Esta función los estalinistas la aprueban, puesto que los ayuda en su pesada tarea. En cuanto al lado que los perjudica a ellos mismos, limitan sus excesos mediante insinuaciones veladas en público en los momentos cruciales y amenazas precisas y a voz en grito en sus constantes negociaciones íntimas con el poder estatal. Su arma disuasoria es que podrían decir de improviso todo lo que saben acerca de la “brigada roja” desde sus orígenes. Pero nadie ignora que no pueden emplear esta arma sin romper el “compromiso histórico” y que, por tanto, desean sinceramente poder seguir guardando sobre este tema la misma discreción que guardaron en su momento sobre las hazañas del SID propiamente dicho. ¿Que sería de los estalinistas en una revolución? Así que se los continúa a atropellando, pero no demasiado. Cuando diez meses después del secuestro de Moro la misma invencible “brigada roja” mata por primera vez a un sindicalista estalinista, el partido llamado comunista reacciona enseguida, pero únicamente en el terreno de las formas protocolarias, amenazando a sus aliados con obligarlos de ahí en adelante a señalarlo como un partido, ciertamente leal y constructivo siempre, pero que estará del lado de la mayoría y ya no de un lado dentro de la mayoría.

La cabra siempre tira al monte, y un estalinista se encontrará siempre en su elemento en donde sea que se respira un olor a crimen oculto de Estado ¿Por qué habría de defenderlos la atmósfera de las discusiones de la cúspide del Estado italiano, con el cuchillo en la manga y la bomba debajo de la mesa? ¿No era por el mismo estilo que se zanjaban las divergencias, por ejemplo, entre Jruschef y Beria, Kadar, Nagy, Mao y Lin Piao? Por lo demás, los dirigentes del estalinismo italiano ejercieron ellos mismos de carniceros en su juventud, en los tiempos de su primer compromiso histórico, cuando junto a los otros empleados de la “Komintern” se habían encargado, en 1937, de la contrarrevolución al servicio de la república democrática española. Entonces era su propia “brigada roja” la que secuestró a Andreu Nin y lo mató en otra prisión clandestina.

Numerosos italianos conocen muy de cerca estas tristes evidencias, y otros mucho más numerosos aún las han descubierto enseguida. Pero no se publican por ningún lado, porque éstos carecen de los medios y aquéllos del deseo de hacerlo. Es en este nivel del análisis donde se justifica hablar de una política “espectacular” del terrorismo, y no porque los terroristas estén a veces motivados por el deseo de que se hable de ellos, como vulgarmente repite la sutileza subalterna de tantos periodistas y profesores. Italia resume en sí las contradicciones sociales del mundo entero; e intenta amalgamar en un solo país, a la manera que se sabe, la Santa Alianza represiva del poder de clase, el burgués y el burocrático-totalitario, que está funcionando ya abiertamente en toda la superficie de la Tierra, en la solidaridad económica y policial de todos los Estados, aunque no sea, tampoco allí, sin algunas discusiones y ajustes de cuentas a la italiana. Siendo por el momento el país más avanzado en el deslizamiento hacia la revolución proletaria, Italia es también el laboratorio más moderno de la contrarrevolución internacional. Los otros gobiernos descendientes de la vieja democracia burguesa miran con admiración al gobierno italiano, por la impasibilidad que sabe conservar en el centro tumultuoso de todos los oprobios y por la tranquila dignidad con que se asienta sobre el lodo. Es una lección que ellos tendrán que aplicar en casa durante un largo período.

En efecto, los gobiernos y las numerosas instancias subalternas que los secundan tienden en todas partes a volverse más modestos. Se conforman ya con hacer pasar por tranquila y rutinaria tramitación de los asuntos corrientes su gestión funambulesca y espantada de un proceso que se está volviendo cada vez más insólito y que ellos desesperan de poder dominar. Todo esto lo trae el aire de los tiempos; pues al igual que ellos, la mercancía espectacular se ha visto llevada a una asombrosa inversión de su tipo de justificación mentirosa. Ésta presentaba como bienes extraordinarios, como clave de una existencia superior y aun tal vez elitista, unas cosas enteramente normales y corrientes: un automóvil, un par de zapatos, un doctorado en sociología. Hoy en día se ve obligada a presentar como normales y familiares unas cosas que efectivamente se han convertido en algo enteramente extraordinario. ¿Es que esto es pan, vino, un tomate, un huevo, una casa, una ciudad? Claro que no, ya que una concatenación de transformaciones internas, económicamente útil a corto plazo para quienes detentan los medios de producción, ha conservado los nombres y una buena parte de las apariencias de esas cosas, pero quitándoles el sabor y el contenido. Se asegura, sin embargo, que los diversos bienes de consumo corresponden indiscutiblemente a esas denominaciones tradicionales, y se aduce como prueba el hecho de que ya no hay comparación posible. Como se ha procurado que muy poca gente sepa dónde encontrar las cosas auténticas allí donde todavía existen, lo falso puede asumir legalmente el nombre de lo verdadero que se ha extinguido. Y el mismo principio que rige para la alimentación y el hábitat del pueblo se extiende a todo, hasta los libros y las últimas apariencias de debate democrático que consienten mostrarle.

La contradicción esencial de la dominación espectacular en crisis es que ha fracasado en lo que era su punto más fuerte, en ciertas triviales satisfacciones materiales que, si bien excluían otras satisfacciones, se consideraban, sin embargo, suficientes para obtener la adhesión reiterada de las masas de productores-consumidores. Y es precisamente esta satisfacción material la que la dominación ha contaminado y ha dejado de ofrecer. La sociedad del espectáculo había empezado en todas partes por la coacción, el engaño y la sangre; pero prometía una continuación feliz. Se creía amada. Ahora ya no promete nada. Ya no dice: “Lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece.” Dice simplemente: “Es así.” Reconoce abiertamente que en lo esencial ya no es reformable, aunque el cambio sea su naturaleza misma, para empeorar cada cosa particular. Ha perdido todas sus ilusiones generales acerca de sí misma.

Todos los expertos del poder y todos sus ordenadores están reunidos en permanentes consultas pluridisciplinares, si no para hallar el medio de curar a la sociedad enferma, por lo menos para prolongar su aparente supervivencia hasta donde se pueda, hasta el coma irreversible, como se hizo con Franco y con Bumedian. De manera más rápida y más sabia concluye una vieja canción popular de Toscana: “E la vita non è la morte, / E la morte non è la vita. / La canzone è già finita.”

Quien lea atentamente este libro verá que no ofrece ninguna clase de garantías sobre el triunfo de la revolución, ni sobre la duración de sus operaciones, ni sobre los arduos caminos que habrá de recorrer, y menos aún sobre su capacidad, a veces exaltada a la ligera, de aportar a cada uno la felicidad perfecta. Mi concepción, que es histórica y estratégica, menos que ninguna puede considerar que la vida habría de ser un idilio sin dolor y sin mal, por la sola razón de que así nos agradaría; ni, por tanto, que la maldad de unos cuantos propietarios y jefes sea responsable por sí sola de la desdicha de la mayoría. Cada uno es hijo de sus obras, y tal como la pasividad se hace la cama, así se acuesta. El resultado más importante de la descomposición catastrófica de la sociedad de clases es que, por primera vez en la historia, se halla superado el viejo problema de saber si la masa de los hombres realmente ama la libertad: pues ahora se verán forzados a amarla.

Justo es reconocer la dificultad y la inmensidad de la revolución que aspira a establecer y conservar una sociedad sin clases. Esta revolución puede comenzar con bastante facilidad en donde sea que unas asambleas proletarias autónomas, sin reconocer ninguna autoridad fuera de ellas mismas ni propiedad de nadie, y colocando su voluntad por encima de todas las leyes y de todas las especializaciones, vayan a abolir la separación de los individuos, la economía mercantil, el Estado. Pero esa revolución no triunfará sino a condición de imponerse universalmente, sin dejar ninguna parcela de territorio a ninguna forma subsistente de sociedad alienada. Entonces se volverá a ver una Atenas o una Florencia donde nadie será excluido, extendida hasta los confines del mundo y que, tras haber derrotado a todos sus enemigos, podrá por fin entregarse gozosamente a las verdaderas divisiones y a los enfrentamientos sin fin de la vida histórica.

¿Quién puede creer todavía en cualquier salida menos radicalmente realista? Bajo cada resultado y cada proyecto de un presente desdichado y ridículo vemos inscribirse el Mené, tequel, Puris que anuncia la caída inevitable de todas las ciudades de la ilusión. Los días de esta sociedad están contados; sus razones y sus méritos han sido pesados y hallados ligeros; sus habitantes se han dividido en dos bandos, uno de los cuales quiere que desaparezca.

Guy Debord - Enero de 1979.

[Este texto, aparecido como prefacio a la traducción italiana de Paolo Salvadori (Vallecchi, Florencia, 1979) y que en su momento provocó intensas reacciones en Italia, es ya un clásico del análisis de la política terrorista en la sociedad del espectáculo, pero no por ello ha perdido vigencia el contenido de su denuncia. Algunas de las tesis aquí expuestas son analizadas más en detalle por Gianfranco Sanguinetti en Sobre el terrorismo y el estado. La presente traducción de Luis A. Bredlow completa la reedición de Comentarios a la sociedad del espectáculo (Barcelona, Anagrama, 1999) bajo una traducción diferente a la publicada por esta editorial en 1990. Archivo situacionista hispano.]

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